¿Quién financia la economía productiva de LATAM?

La imagen tradicional del financiamiento empresarial suele colocar a los bancos en el centro de la actividad económica. Sin embargo, una mirada más cercana a la realidad latinoamericana muestra algo distinto. Gran parte del capital que permite a las empresas producir, comprar inventario, cumplir pedidos o expandir operaciones no proviene necesariamente de una institución financiera; viene de las relaciones comerciales construidas dentro de las propias cadenas de valor.

Un proveedor que concede 60 días para pagar una factura, un distribuidor que adelanta mercancía a sus clientes o una plataforma que anticipa ingresos futuros están cumpliendo una función similar: aportar liquidez para que la actividad productiva continúe. Aunque estas operaciones rara vez aparecen en el debate público sobre financiamiento, representan una parte fundamental del capital de trabajo que mueve a millones de empresas en la región.

La relevancia de estos mecanismos se vuelve más evidente cuando se observa la magnitud de la brecha de crédito. De acuerdo con la Corporación Financiera Internacional [IFC], las micro, pequeñas y medianas empresas de América Latina y el Caribe enfrentan un déficit de financiamiento superior a 1.2 billones de dólares. Al mismo tiempo, la misma IFC señala que las pymes representan alrededor del 99.5% de las empresas de la región y generan cerca del 60% del empleo formal. La paradoja es evidente: los actores que sostienen gran parte de la actividad económica siguen encontrando dificultades para acceder al capital que necesitan para crecer.

La respuesta del mercado ha sido desarrollar mecanismos alternativos de financiamiento mucho más cercanos a la operación diaria de las empresas. En lugar de depender exclusivamente de balances financieros o garantías tradicionales, estos modelos se apoyan en información generada por la propia actividad económica. Así, las ventas, la facturación, los inventarios, las órdenes de compra y los flujos de pago se han convertido en nuevas herramientas para evaluar riesgo y asignar capital.

La digitalización ha acelerado este proceso. Cada transacción registrada en una plataforma de pagos, marketplace o sistema de gestión empresarial genera información que antes simplemente no existía o permanecía dispersa. Como resultado, aquellos actores que históricamente no participan en el negocio financiero han comenzado a desempeñar un papel cada vez más relevante en la provisión de crédito.

Mercado Pago ofrece uno de los ejemplos más visibles de esta tendencia. En 2024, la compañía obtuvo una línea de financiamiento por 250 MDD de JPMorgan para expandir su actividad crediticia en México. Para entonces, su cartera de préstamos en el país ya alcanzaba aproximadamente los 1.5 mil millones de dólares. Lo relevante, más allá del tamaño de la cartera, está en la forma en que se origina: utilizando información transaccional generada dentro de su propio ecosistema para evaluar la capacidad de pago de comercios y pequeñas empresas.

La misma lógica está impulsando el crecimiento del crédito embebido en toda la región. Las empresas de infraestructura financiera, como R2, permiten que marketplaces, plataformas de software y proveedores de servicios digitales ofrezcan financiamiento directamente a sus usuarios. En 2025, la inversión estratégica de Ant International en esta compañía reflejó el interés global por modelos capaces de distribuir capital a través de redes comerciales existentes, en lugar de construir nuevos canales de originación desde cero.

Detrás de estos casos existe una transformación más profunda. Durante gran parte del siglo XX, la capacidad de otorgar crédito dependía de la posesión de información financiera. Hoy, una parte creciente de la información relevante para entender el comportamiento de una empresa se encuentra en plataformas que observan la actividad económica en tiempo real. Esto no implica que los bancos hayan perdido relevancia, pero sí parece indicar que la ventaja informacional se distribuye entre un conjunto más amplio de actores.

Para los inversionistas, esta evolución resulta particularmente relevante porque cambia el mapa de la generación de valor dentro del ecosistema financiero. La oportunidad está en quienes prestan dinero, sí, pero también alcanza a quienes organizan flujos comerciales, procesan pagos, administran inventarios o concentran información sobre la operación cotidiana de las empresas. En muchos casos, la capacidad de financiar surge como consecuencia de esta posición estratégica dentro de la cadena productiva.

En Addem Capital no tenemos una única respuesta hacia la pregunta quién financia la economía productiva de latinoamérica: los bancos continúan desempeñando un papel central, pero en un escenario compartido con proveedores, distribuidores, plataformas y redes comerciales que han convertido el conocimiento operativo en una herramienta para asignar capital. No hay, pues, una sustitución de actores. Lo que está ocurriendo es una expansión de los mecanismos a través de los cuales circula el financiamiento. Y en una región donde persiste una brecha crediticia de billones de dólares, creemos que esa expansión podría convertirse en uno de los cambios económicos más relevantes de la próxima década.

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