Cuando la industria farmacéutica fortalece sus capacidades, la innovación cambia de escala

Cada industria construye su propio horizonte de innovación. Ese horizonte depende de las capacidades que logra acumular: laboratorios, talento especializado, infraestructura, investigación, cadenas de suministro y capital. Conforme estos elementos se expanden, aparecen problemas distintos, relaciones nuevas entre empresas y oportunidades que antes permanecían fuera del alcance.

Las inversiones anunciadas recientemente para la industria farmacéutica mexicana ofrecen un buen ejemplo. Nueve compañías [Abbott, Sanofi, Bayer, Bristol Myers Squibb, Grupo Neolpharma, Laboratorios Liomont, Laboratorios Kener, Vazol Farma y Opella] destinarán más de 21 millones de pesos a proyectos de producción, investigación clínica, dispositivos médicos e ingredientes farmacéuticos activos. Más allá de la magnitud de la inversión, el anuncio apunta hacia un fortalecimiento de las capacidades científicas e industriales del país, un factor que suele recibir menos atención, pero que resulta decisivo para la evolución de cualquier ecosistema de innovación.

La inversión privada suele medirse por el capital que moviliza o por el empleo que genera. Y, aunque ambas dimensiones son relevantes, dejan fuera una parte de la historia. En industrias intensivas en conocimiento, cada planta, cada laboratorio y cada centro de investigación incorpora infraestructura, experiencia técnica, capacidades regulatorias y redes de colaboración que terminan por beneficiar al conjunto del ecosistema. Con el tiempo, ese proceso eleva el nivel de sofisticación de una industria y modifica las condiciones bajo las que otras empresas pueden crecer.

La literatura sobre innovación ha descrito este fenómeno con claridad. La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico [OCDE] sostiene que la innovación farmacéutica surge de la interacción entre empresas, universidades, hospitales, centros de investigación, reguladores e inversionistas. La capacidad para desarrollar nuevos productos, pues, depende de la calidad de esas conexiones tanto como de la inversión que recibe cada actor por separado. En palabras sencillas, las capacidades científicas e industriales funcionan como una infraestructura sobre la que otras empresas pueden construir.

La coyuntura internacional ayuda a entender por qué este tipo de inversiones adquiere mayor relevancia. Primero, la pandemia evidenció la fragilidad de las cadenas globales de suministro para medicamentos, vacunas e insumos médicos. Posteriormente, las tensiones geopolíticas entre Estados Unidos y China reforzaron la necesidad de diversificar la producción y reducir la dependencia de un número limitado de proveedores. Hoy, tanto Estados Unidos como la Unión Europea impulsan estrategias para fortalecer su seguridad farmacéutica y acercar parte de la producción a regiones consideradas estratégicas.

México ocupa una posición interesante dentro de este proceso. La integración productiva con Norteamérica, el desarrollo de capacidades manufactureras en industrias altamente reguladas y el impulso del nearshoring han incrementado el atractivo del país para inversiones de mayor contenido tecnológico. Así, las decisiones anunciadas por las compañías farmacéuticas responden a la reorganización global. La apuesta, entonces, forma parte de un movimiento más amplio orientado a construir cadenas de suministro más resilientes y capacidades regionales de investigación y manufactura. Este contexto, a su vez, modifica el panorama para las empresas HealthTech.

Durante los últimos años, buena parte de la innovación en salud en México se concentró en resolver problemas relacionados con el acceso a servicios médicos, la digitalización de procesos o la atención al paciente. Estos desafíos continúan siendo relevantes. Sin embargo, una industria farmacéutica con mayor capacidad científica y productiva incorpora una fuente distinta de demanda tecnológica.

Las empresas HealthTech desarrollan soluciones para problemas concretos y, naturalmente, esos problemas evolucionan conforme evoluciona la industria. La gestión de estudios clínicos, el análisis avanzado de datos, la automatización de procesos productivos, la trazabilidad de medicamentos, la interoperabilidad entre sistemas, la farmacovigilancia o el cumplimiento regulatorio adquieren una relevancia distinta cuando existe una base industrial capaz de incorporar este tipo de herramientas. Así, la innovación pasa de tratarse del paciente para extenderse hacia toda la cadena de valor del sector salud.

Ese cambio también transforma la relación entre startups y compañías farmacéuticas. En los ecosistemas más desarrollados, las empresas tecnológicas generan valor al integrarse a procesos de investigación, manufactura y operación altamente especializados. Muchas crean plataformas para optimizar ensayos clínicos, herramientas de inteligencia artificial para acelerar el descubrimiento de compuestos, soluciones de análisis de datos o sistemas que fortalecen el cumplimiento regulatorio. Conforme aumenta la complejidad de la industria, también aumenta la demanda de este tipo de capacidades.

Existen precedentes que ayudan a comprender esta evolución. A principios de la década de los 2000, Singapur definió a las ciencias biomédicas como uno de los ejes de su política industrial. La estrategia combinó inversión pública en infraestructura científica, atracción de compañías farmacéuticas globales, fortalecimiento de universidades y centros de investigación, además de programas para desarrollar talento especializado. Dos décadas después, el país alberga operaciones de manufactura e investigación de algunas de las principales farmacéuticas del mundo y ha consolidado un ecosistema donde grandes empresas, startups, universidades e institutos científicos colaboran de manera estrecha. La innovación surgió sobre una base de capacidades científicas e industriales construida durante años.

México enfrenta un punto de partida distinto y conserva desafíos importantes. El gasto nacional en investigación y desarrollo continúa por debajo del promedio de los países de la OCDE. La disponibilidad de talento especializado, la capacidad regulatoria y la articulación entre universidades, centros de investigación e industria representan retos que requieren una estrategia de largo plazo. Ninguno de estos elementos cambia de manera inmediata con un solo anuncio de inversión.

Sin embargo, las inversiones anunciadas sí fortalecen una condición indispensable para que ese proceso pueda ocurrir: amplían la infraestructura científica, atraen conocimiento especializado y elevan el grado de sofisticación de una industria estratégica. Esto es así porque son activos que permanecen más allá del ciclo económico y que pueden modificar la calidad del ecosistema donde surgirán futuras empresas.

Por eso, la pregunta más importante quizá no sea cuánto crecerá la industria farmacéutica en México durante los próximos años. La verdadera pregunta es qué tipo de empresas podrán desarrollarse alrededor de esas nuevas capacidades. La experiencia internacional muestra que los ecosistemas de innovación más dinámicos, además de contar con talento emprendedor y disponibilidad de capital, cuentan con industrias capaces de absorber conocimiento, generar demanda para soluciones tecnológicas y convertir la investigación en actividad económica.

Las políticas industriales más exitosas transforman también a los sectores que crecen a su alrededor. Por eso, si México logra consolidar esa trayectoria, el impacto podría ir más allá de la industria farmacéutica. En Addem Capital creemos que, para las empresas HealthTech, esta oportunidad radica tanto en acceder a un mercado potencialmente más grande como en participar en un ecosistema cuya complejidad científica, tecnológica e industrial comienza a expandirse, y donde esa expansión puede convertirse en el principal motor de la siguiente generación de innovación en salud.

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