El consumo sube, la demanda se reorganiza
Los indicadores más recientes apuntan a una recuperación gradual del consumo en México. En marzo de 2026, el consumo privado creció 3.1% anual y avanzó 1.2% respecto al mes anterior, su mejor desempeño en varios meses, según el Indicador Mensual del Consumo Privado del INEGI. Un mes después, las ventas comparables de los comercios afiliados a la ANTAD aumentaron un 4.4% anual. Pero conviene observar estos datos con más detenimiento.
El repunte de marzo llegó después de dos meses de retrocesos: el consumo privado cayó 1.5% mensual en enero [su mayor retroceso en más de un año] y volvió a disminuir 0.2% en febrero. Mientras tanto, otros indicadores sugieren una economía que avanza con cautela, lejos de un ciclo de expansión acelerada. Es decir, el consumo muestra señales de recuperación, pero no lo suficientemente robustas como para explicar por sí solo el desempeño de todos los sectores.
Hay un segundo matiz, igual de revelador: el crecimiento del comercio no fue uniforme. En abril, las tiendas departamentales [Liverpool, El Palacio de Hierro, Sears] se dispararon 13% a tiendas iguales, mientras los autoservicios no registraron variación alguna. Ese 13% no es la continuación de una tendencia: las departamentales habían caído 0.2% en enero, 0.7% en febrero y apenas avanzado 0.9% en marzo. Pasaron de terreno negativo a un salto de doble dígito en cuestión de semanas.
La lectura tradicional sugeriría que estas variables deberían moverse juntas. Eso sería así porque, durante décadas, el consumo funcionó como uno de los principales termómetros para anticipar el desempeño de casi cualquier mercado. Si los hogares gastaban más, la mayoría de los sectores encontraba condiciones favorables para crecer. Hoy, los datos cuestionan esa relación. Lo que muestran, más allá de una recuperación gradual del consumo, es que distintas industrias responden a motores de demanda cada vez más distintos entre sí.
El comercio minorista es el caso más legible. El salto de las departamentales sugiere que una parte de los hogares está retomando compras que había postergado: después de un periodo de inflación elevada, tasas restrictivas y presión sostenida sobre el ingreso disponible, ciertas categorías de consumo discrecional empiezan a recuperar terreno. Es exactamente el tipo de gasto que aparece cuando vuelve la confianza, y que desaparece cuando se deteriora. Esa dinámica, sin embargo, solo explica una parte de la economía porque, mientras algunos mercados dependen de la confianza del consumidor para expandirse, otros crecen por razones que tienen poco que ver con el ciclo económico.
La salud no espera a la confianza
La salud es uno de los ejemplos más claros. Entre 2022 y 2024, el gasto de bolsillo de los hogares mexicanos en salud aumentó 7.9% en términos reales, hasta alcanzar 6,421 pesos anuales por hogar, de acuerdo con el análisis del Centro de Investigación Económica y Presupuestaria (CIEP) sobre la ENIGH 2024. Sin embargo, el dato más relevante no tiene que ver únicamente con cuánto gastan los hogares, sino con las condiciones que los obligan a hacerlo.
Aunque 63% de la población reporta afiliación a alguna institución pública de salud, seis de cada diez personas que recibieron atención médica acudieron a servicios privados o farmacias. Además, 38.3% del gasto de bolsillo en salud se destinó a medicamentos, una proporción que aumenta entre los hogares de menores ingresos.
Desde una perspectiva de mercado, es evidente que esta demanda no la está impulsando una mejora en el ingreso disponible. En cambio, la impulsa la necesidad. La presión sobre la infraestructura pública, el desabasto, el envejecimiento poblacional, las enfermedades crónicas y las barreras de acceso. Es decir, la gente no gasta en salud porque se siente más confiada; gasta porque no tiene alternativa. Aquí, la necesidad existe antes que el consumo.
La educación responde a una transformación estructural
La educación sigue una lógica similar. La aceleración tecnológica, la digitalización de procesos productivos y la creciente demanda de habilidades especializadas están redefiniendo la relación entre personas, empresas y aprendizaje.
La demanda de formación y actualización profesional no se explica únicamente por la disposición a gastar. En el ámbito corporativo, la incorporación de capacidades digitales se ha vuelto un requisito para sostener competitividad. Para los trabajadores, la adaptación continua a mercados laborales en transformación forma parte de las condiciones básicas de inserción y movilidad.
En este contexto, el crecimiento de la educación digital se sostiene en una necesidad constante de adaptación productiva, más que en los ciclos del consumo. Incluso en periodos de desaceleración, la capacitación mantiene su carácter de inversión prioritaria.
La agroindustria crece por encima de la economía
La agroindustria ofrece otro ejemplo de una demanda que trasciende el consumo doméstico. México se ha consolidado como una de las plataformas agroexportadoras más relevantes del continente, impulsada por su integración comercial con Norteamérica y por la creciente importancia estratégica de la seguridad alimentaria.
Las perspectivas para el sector siguen siendo positivas. El Grupo Consultor de Mercados Agrícolas (GCMA) estima que la producción agroalimentaria crecerá 2.4% en volumen y 2.8% en valor durante 2026, incluso en un entorno internacional más complejo. La revisión del T-MEC y las tensiones comerciales en algunos productos específicos introducen incertidumbre, pero no modifican los fundamentos de largo plazo que sostienen la actividad.
Lo relevante es que el desempeño del sector depende cada vez menos del gasto de los hogares mexicanos y cada vez más de factores como productividad, logística, comercio exterior, tecnología agrícola e integración regional. La demanda responde a necesidades permanentes de abastecimiento alimentario dentro y fuera del país, independientemente de las fluctuaciones de corto plazo en el consumo.
Un cambio en la conversación
Observados en conjunto, estos procesos apuntan a una transformación de fondo. Durante años, gran parte del análisis económico se concentró en identificar dónde aparecía la demanda. Hoy, en un número creciente de industrias, la demanda antecede al ciclo de consumo. Surge de brechas de infraestructura, cambios demográficos, transición tecnológica, necesidades de salud, modernización educativa o desafíos relacionados con la seguridad alimentaria.
Esto ayuda a explicar por qué sectores que comparten una misma economía muestran trayectorias tan distintas. Mientras algunas actividades siguen dependiendo estrechamente de la confianza de los hogares, otras encuentran impulso en necesidades que persisten incluso cuando el gasto se desacelera. El comportamiento reciente del comercio minorista ilustra bien esa sensibilidad. La salud, la educación o la agroindustria responden a dinámicas diferentes y, por lo mismo, evolucionan a ritmos distintos.
La consecuencia es que el consumo conserva valor como indicador, pero ofrece una imagen cada vez más parcial de lo que ocurre en la economía. Comprender el potencial de crecimiento de una industria exige observar también los factores que sostienen su demanda: presiones demográficas, rezagos de infraestructura, transformaciones tecnológicas, cambios regulatorios o tendencias de largo plazo que operan con relativa independencia del ciclo.
En Addem Capital comprendemos que estas diferencias importan porque condicionan la forma en que crecen los mercados y la velocidad con la que absorben periodos de incertidumbre. Algunos sectores dependen de que la confianza regrese para recuperar dinamismo; otros continúan expandiéndose porque responden a necesidades difíciles de postergar. Identificar esa distinción se vuelve tan relevante como seguir la trayectoria del consumo mismo.