El otro frente de la competitividad: crecer dentro de México
Tenemos la costumbre de medir la competitividad mexicana mirando hacia afuera. El nearshoring, la integración con Norteamérica y la llegada de nuevas inversiones han reforzado la idea de que el siguiente capítulo de crecimiento dependerá de la capacidad del país para producir y exportar más. Y tiene sentido: el comercio con Estados Unidos representa alrededor del 80% de las exportaciones mexicanas y 27% del PIB, una concentración que también vuelve al país especialmente sensible a cambios en la política comercial estadounidense.
Las reglas comerciales están cambiando con rapidez y la reacción natural ha sido mirar hacia afuera: cómo mantener las exportaciones, cómo diversificar destinos, cómo preservar el acceso a Estados Unidos. La incertidumbre arancelaria y la reorganización de las cadenas de suministro están obligando a replantear sus estrategias de crecimiento. Y quizás vale la pena mirar hacia México. Para muchas empresas, la oportunidad puede estar en profundizar una presencia doméstica que todavía tiene espacio para crecer.
Alemania ofrece un primer contraste. Su modelo económico se apoyó durante años en una industria altamente integrada a los mercados internacionales. La debilidad de la manufactura y una mayor incertidumbre comercial han puesto ese modelo bajo presión: la OCDE señala que las tensiones comerciales están afectando especialmente a la industria integrada a las cadenas globales. Al mismo tiempo, el consumo privado y la inversión pública aparecen entre los apoyos de la recuperación prevista para 2026 y 2027.
Corea del Sur muestra otra cara de la misma tensión. Las exportaciones de semiconductores continúan impulsando el crecimiento y la inversión, pero la OCDE prevé que su contribución se modere en el mediano plazo. El consumo privado, por su parte, avanza gradualmente y forma parte de los apoyos para el crecimiento de 2026. La fortaleza exportadora sigue siendo central; contar con otros motores adquiere mayor relevancia cuando aumenta la incertidumbre externa.
Vietnam ofrece quizá el contraste más cercano al caso mexicano. Su crecimiento está profundamente vinculado con la manufactura, la inversión extranjera y las cadenas globales de suministro. La OCDE estima que los mayores aranceles sobre sus exportaciones hacia Estados Unidos afectarán sus perspectivas externas, pero proyecta un crecimiento de 6.2% en 2025 y 6.0% en 2026, liderado por la demanda doméstica mientras se debilita la demanda externa.
Los tres casos apuntan a una misma idea: la composición de los ingresos importa cuando cambia el entorno. Una empresa expuesta a varios mercados puede distribuir mejor ciertos riesgos que una concentrada en un solo destino. Esa diversificación puede darse entre países, pero también dentro del propio mercado de origen.
México cuenta con una combinación de fortalezas: tiene una de las plataformas exportadoras más integradas del mundo y, al mismo tiempo, un mercado doméstico de gran escala. Además, existe un espacio considerable para profundizar esa integración dentro del propio país. Un estudio reciente del FMI encuentra que una mayor integración entre los mercados estatales está asociada con mayores tasas de crecimiento regional, además de favorecer la competencia y la difusión de tecnología. Esto sugiere que el tamaño del mercado mexicano puede convertirse en una ventaja más poderosa conforme las empresas logren ampliar su alcance geográfico dentro de la República y conectar mejor sus operaciones.
Para una empresa, esa oportunidad puede convertirse en presencia en nuevos estados, canales de distribución, clientes o proveedores. Para el crédito privado, también cambia la lectura del riesgo. Una empresa que puede sostener su crecimiento aun cuando cambian las condiciones del comercio internacional ofrece mayor visibilidad sobre la trayectoria de sus ingresos y, con ello, su capacidad para asumir deuda. La fortaleza de su mercado doméstico pasa entonces de ser una característica comercial a convertirse en un poderoso atributo financiero: puede dar mayor estabilidad al negocio, facilitar la planeación de inversiones y reducir la sensibilidad del flujo de efectivo frente a shocks externos.
En Addem Capital entendemos que la integración con Norteamérica seguirá siendo una de las principales ventajas competitivas de México. Pero, en un entorno de mayor incertidumbre comercial, apuntamos a que la capacidad de crecer dentro del país puede adquirir un valor adicional: permitirá construir empresas menos dependientes de una sola fuente de demanda y, con ello, una mayor capacidad para sostener el crecimiento y la inversión a través de distintos escenarios. Esta puede ser una de las formas más concretas de convertir el tamaño del mercado mexicano en una ventaja estratégica.