Energy-as-a-Service: ampliar el acceso a energías limpias en Latinoamérica
En América Latina, hablar de energía sigue siendo, en gran medida, hablar de infraestructura. La conversación pública y gran parte de la inversión continúan organizadas alrededor de la expansión de capacidad, de la construcción de redes y de la incorporación de nuevas fuentes de generación. Sin embargo, hay una dimensión menos visible que empieza a volverse central: la calidad del suministro y las condiciones bajo las cuales esa calidad puede sostenerse en el tiempo.
La región, según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe [CEPAL], presenta tasas de electrificación superiores al 97%. Este dato suele leerse como un indicador de cierre de brechas, aunque en la práctica convive con una experiencia mucho más desigual del servicio. En distintas zonas rurales y periurbanas, la electricidad está disponible, pero su desempeño es irregular: la operación cotidiana está permeada por interrupciones, variaciones de voltaje, interrupciones recurrentes y dependencia de fuentes de respaldo con mayores costos operativos.
Esa diferencia entre acceso y desempeño no es menor. Para los hogares, condiciona el bienestar y la previsibilidad del gasto. Para las pequeñas y medianas empresas [que representan más del 90% del tejido productivo regional] introduce una capa de incertidumbre que afecta directamente la continuidad de las operaciones, los costos y la capacidad de crecimiento. La energía, así, deja de ser un insumo estable y pasa a convertirse en una variable que hay que gestionar.
El modelo energético predominante en América Latina explica parte de esta tensión. Su desarrollo se apoyó en una arquitectura centralizada basada en grandes activos de generación y redes extensivas de transmisión. Y, si bien este diseño permitió la electrificación masiva durante el siglo XX, hoy enfrenta limitaciones frente a nuevas dinámicas de demanda, dispersión territorial y restricciones de financiamiento.
La expansión de este sistema sigue dependiendo de inversiones intensivas en capital y de condiciones macroeconómicas que no siempre acompañan. La CEPAL ha documentado cómo el costo del capital, la volatilidad financiera y las restricciones fiscales influyen en la forma en que se despliega la infraestructura energética, con una tendencia a priorizar los espacios donde el retorno es más claro. En este proceso, ciertas geografías y segmentos quedan sistemáticamente rezagados.
Los modelos Energy-as-a-Service [EaaS] empiezan a aparecer como una forma distinta de organizar el acceso a la energía. Más que una solución puntual, plantean un cambio en la relación entre infraestructura, financiamiento y consumo.
El elemento que articula este modelo es el desplazamiento del CAPEX al OPEX. A la energía se accede como se accedería a un servicio, a través de pagos recurrentes, mientras que la inversión inicial, la operación y el mantenimiento se concentran en terceros. Este cambio modifica la forma en que se toma la decisión de adopción: el acceso deja de depender de una capacidad de inversión inicial y se vincula más con la posibilidad de sostener un flujo de pagos en el tiempo.
En una región donde la liquidez es limitada y el acceso al crédito es desigual, esta diferencia tiene implicaciones relevantes. Permite que hogares, pymes y proyectos productivos incorporen soluciones energéticas [particularmente renovables] sin asumir el costo total desde el inicio. La barrera de entrada se desplaza y, con ella, el universo de quienes pueden participar en la transición energética.
Al mismo tiempo, este modelo introduce una lógica que dialoga mejor con el sistema financiero. Los pagos recurrentes por servicio energético generan flujos relativamente predecibles, que permiten estructurar proyectos bajo esquemas de financiamiento más amplios: deuda de infraestructura, capital institucional o vehículos mixtos. La energía, así, empieza a organizarse como un activo que puede ser evaluado, estructurado y financiado en función de su desempeño.
Esta reorganización también tiene una dimensión operativa. La combinación de generación distribuida, almacenamiento energético y sistemas digitales de gestión permite ajustar el suministro a patrones reales de consumo. Por lo tanto, la infraestructura se vuelve más flexible, más cercana al usuario y más capaz de responder a variaciones en la demanda.
Las estructuras contractuales [PPA, leasing, pago por uso] son el punto donde estas dimensiones se encuentran. A través de ellas se definen las condiciones de acceso, la distribución de riesgos y la estabilidad de los flujos que sostienen el modelo. En ese sentido, la energía deja de ser únicamente un asunto técnico y pasa a ser también un asunto de diseño contractual.
Nada de esto, por sí solo, elimina las complejidades del sistema energético en Latinoamérica. Y es que la implementación de estos modelos depende de marcos regulatorios en evolución, de la calidad de la información disponible y de la capacidad de ejecución en contextos territoriales muy diversos. También introduce nuevas preguntas: cómo se gestiona el riesgo crediticio, cómo se asegura el desempeño de los sistemas, o cómo se evita la dependencia excesiva de ciertos proveedores.
Más que resolver de forma inmediata las limitaciones existentes, el EaaS las reconfigura: traslada parte del problema hacia el terreno de la estructuración financiera, la operación y la gestión de riesgo. Y en este desplazamiento se abre una posibilidad distinta: la de pensar la confiabilidad energética como algo que puede diseñarse, financiarse y escalarse.
En Addem Capital creemos que ahí se encuentra uno de los puntos más interesantes de esta transición. La energía, entendida como servicio, permite articular capital, tecnología y operación en torno a flujos sostenibles. Si bien esto no elimina la necesidad de infraestructura, sí cambia la forma en que se accede a ella y las condiciones bajo las cuales puede expandirse.
La transición energética en la región parece avanzar en esa dirección. Y el cambio no será abrupto; será una reconfiguración progresiva, donde la infraestructura física y la arquitectura financiera empiezan a entrelazarse con mayor intensidad. En ese cruce, la pregunta pasa de ser «¿cuánta energía puede generarse?» a ser «¿cómo esa energía puede sostenerse, financiarse y gestionarse en el tiempo?».